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Clasificación de heridas: guía esencial para TENS y estudiantes

Clasificación de heridas: guía esencial para TENS y estudiantes

La clasificación de heridas es la primera decisión clínica de cualquier curación: antes de elegir un apósito, una solución de limpieza o una frecuencia de cambio, hay que saber qué tipo de herida tienes delante. Para un TENS, una auxiliar de enfermería o un estudiante en práctica, nombrar bien la lesión evita el error más común del trabajo asistencial: tratar igual heridas que se comportan de manera distinta.

En esta guía de clasificación de heridas ordenamos los criterios que usa el equipo de salud para describir una lesión, desde la diferencia entre herida aguda y crónica hasta las fases de cicatrización. Es un contenido de formación pensado para personal con base en el área de la salud; no reemplaza los protocolos de tu institución ni la indicación del equipo tratante.

Por qué la clasificación de heridas cambia la decisión de curación

Una herida no es solo «una pérdida de continuidad de la piel». Es un evento con causa, profundidad, carga bacteriana y un ritmo de reparación propios. La clasificación de heridas traduce esas características a un lenguaje común, y ese lenguaje es el que permite que el TENS, la enfermera y el médico hablen de la misma lesión en el registro clínico y en el traspaso de turno.

Cuando la clasificación de heridas falla, las consecuencias son concretas: un apósito que no corresponde al nivel de exudado, una derivación que llega tarde o una herida crónica que se maneja como si fuera aguda y se estanca durante semanas.

Herida aguda o crónica: el primer filtro

La división más básica separa las heridas según su evolución:

  • Herida aguda: aparece de forma súbita (un corte, una cirugía, una abrasión) y avanza por las etapas de cicatrización en un tiempo esperable.
  • Herida crónica: no progresa de manera ordenada. Suele hablarse de cronicidad cuando pasan varias semanas sin avance, aunque el umbral exacto varía entre guías. Aquí entran las úlceras, las lesiones por presión y las lesiones del pie diabético.

Una herida aguda también puede cronificarse. Una herida quirúrgica con dehiscencia o con infección, por ejemplo, puede quedar estancada en la fase inflamatoria si no se interviene sobre la causa.

Cuatro lentes para describir una lesión

En la práctica no existe una sola clasificación de heridas, sino varias que se usan en paralelo. Cada una responde una pregunta distinta:

Criterio Categorías frecuentes Qué ayuda a decidir
Mecanismo o causa Incisa, contusa, punzante, laceración, abrasión, avulsión, quirúrgica, por presión, vascular, neuropática, quemadura Riesgo de lesiones asociadas y necesidad de tratar la causa de fondo
Profundidad Superficial, de espesor parcial, de espesor total Capacidad de epitelización espontánea y tipo de cobertura
Contaminación Limpia, limpia-contaminada, contaminada, sucia (heridas quirúrgicas y traumáticas) Riesgo de infección y conducta frente al cierre
Estado del lecho Necrótico, con esfacelos, de granulación, en epitelización Necesidad de desbridamiento y fase en que se encuentra la reparación

Dos precisiones útiles para el trabajo diario. Primero, las lesiones por presión tienen su propia graduación (de grado I a IV) y no se describen con las categorías de profundidad de una herida traumática. Segundo, la clasificación de heridas por contaminación nace en el contexto quirúrgico, por eso conviene usarla con cuidado fuera de ese ámbito.

Cómo cierra una herida: primera, segunda y tercera intención

Otra forma de ordenar la clasificación de heridas es mirar cómo se cierran:

  • Primera intención: los bordes se afrontan (sutura, adhesivos o grapas) y cierran con mínima pérdida de tejido.
  • Segunda intención: la herida queda abierta y cierra desde el fondo con tejido de granulación y contracción. Es más lenta y exige más curaciones.
  • Tercera intención: el cierre se difiere unos días, por ejemplo hasta controlar una contaminación o una infección, y luego se afrontan los bordes.

Este criterio explica por qué dos pacientes con una cirugía «parecida» pueden requerir curaciones muy distintas: una herida cerrada por primera intención se vigila; una que sana por segunda intención se cura, se mide y se registra durante semanas.

Las cuatro fases de la cicatrización

Toda herida, sea cual sea su clasificación, atraviesa fases biológicas que se superponen:

  1. Hemostasia: se detiene el sangrado y se forma el coágulo inicial.
  2. Inflamación: el organismo limpia el área; hay enrojecimiento, calor y exudado como parte normal del proceso.
  3. Proliferación: se forma tejido de granulación y comienza la epitelización desde los bordes.
  4. Remodelación: el tejido se reorganiza y gana resistencia durante meses.

Saber en qué fase está una lesión es parte de la clasificación de heridas. Una herida que sigue «inflamada» semanas después de producirse ya no está haciendo lo esperado, y esa observación es la que activa la sospecha de infección, de mala perfusión o de un factor sistémico que interfiere, como la diabetes, la desnutrición o el tabaquismo.

Cinco preguntas antes de nombrar una herida

Una pauta simple para ordenar la observación al pie de la cama o en el domicilio:

  1. ¿Cuál fue la causa y hace cuánto tiempo existe?
  2. ¿Qué profundidad tiene y qué estructuras se ven?
  3. ¿Cómo es el lecho: necrótico, con esfacelos, granulando?
  4. ¿Hay signos de infección o exudado fuera de lo esperable?
  5. ¿Qué factores del paciente pueden frenar la cicatrización (diabetes, mala circulación, inmovilidad, nutrición)?

Con esas cinco respuestas, la clasificación de heridas deja de ser un ejercicio teórico y se convierte en un registro útil. Tu rol es observar y documentar con precisión, y escalar a tiempo cuando la lesión supera tu competencia; esa decisión es tan importante como la técnica misma de la curación. Esta misma lógica de observación sistemática es la que se trabaja en el protocolo de signos vitales para TENS, donde registrar cambios a tiempo marca la diferencia.

Del nombre a la decisión: lo que sigue después de clasificar

Clasificar es el punto de partida, no el final. Una vez identificada la lesión, el siguiente paso es evaluar el lecho de manera sistemática para decidir qué hacer con el tejido, la carga bacteriana, la humedad y los bordes. Ese es el terreno de los modelos de valoración y de la selección de coberturas, que se trabajan con profundidad en la formación avanzada.

Si quieres revisar la normativa de referencia en Chile, el Ministerio de Salud mantiene en su portal RedCrónicas la Guía Clínica de Manejo y Tratamiento de Heridas y Úlceras, junto con otros documentos técnicos sobre curación avanzada. Es una lectura recomendable para contrastar los criterios de esta guía con las orientaciones oficiales.

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Artículo elaborado por el Equipo Protégelos360, con más de 15 años de experiencia en salud y cuidado. Contenido educativo: no reemplaza protocolos institucionales ni la indicación del equipo de salud tratante.